Núria Cadenas. Cargante enjambre de miserias

Núria Cadenas (Barcelona, ​​1970) continúa afilando las hojas de la navaja literaria con la que abre el camino hacia ambientes sórdidos y abatidos. La escritora debutaba en 2016 en la matadissa y la maquinación. Lo hacía con Toda la verdad, Un primer paso que suponerle el XX Premio Crímenes de Tinta y una recibida crítica bastante satisfactoria. El oficio, sin embargo, era un viejo conocido. Cadenas tenía publicadas una novela (El cielo de los gansos), Dos biografías (una aproximación a Ovidi Montllor y un retrato novelado del banquero mallorquín Juan March) y una colección de relatos.

Ahora, Cadenas volver a abrir, en canal, el vientre blando de la oscuridad, entendida, en este caso, como desasosiego, ambigüedad y miseria. Forada este buque, y el penetra en grupo, bajo la capitanía de la editorial Comanegra, Que ha construido un proyecto de escritura coral sostenido sobre dos puntales: Barcelona y Frankenstein. La ambición de Comanegra es crear una gran obra coral que tenga la ciudad como escenario único. E igualmente indispensable es que en este plató aparezca un secundario común. Un personaje que todas las historias deben terminar incorporando. Siete son los autores que conforman el grupo. Cadenas juega al borde Julia de Jòdar y Jordi Coca, Por ejemplo. La aspiración se titula ‘Matar el monstruo’ y es un homenaje a Mary Shelley y su criatura: la creadora de Frankenstein enfiló la novela del verano de 1816 en una villa suiza, reunida con otros escritores (los nuestros encontrarse en el 2016).

secundarios es la aportación de Cadenas. Una contribución de esqueleto fragmentario. La escritora traza un retrato suburbial de personajes a la deriva, desconcertados, sin una sola tentativa de emersión. Todos quietos y hundidos en un tiempo que parece no avanzar. Es el año 1992 y estamos en el Turó de la Peira. La elección del escenario es un acierto, y una buena asistencia. Conocemos un barrio prácticamente virgen en la ficción ( “este cerro roído”). La novedad, bien descrita (y eso la novela lo tiene), siempre seduce. Cadenas, además, lo tiene fácil para profundizar en la mediocridad de las vidas que nos presenta. El Cerro ayuda. Es el modelo de barrio golpeada en cada nueva crisis, menospreciada, casi siempre ignorada. El olvido se retira cuando hay una presa fácil para estrangular y aquí entra la podredumbre inmobiliaria: aluminosis por todas. También para las vidas de los personajes, llenas de huecos y grietas. Clase obrera machacada. Los perdedores. Hay cierta valentía al afrontar esto. Tan cercano, y doloroso.

El enjambre de miserias lo conforman vecinos de existencia pedestre. Con escasas y decaídas ilusiones. En la cartografía emocional de estas fantasías, Cadenas es exacta y cortés. No se ceba, cuando podría (la flaqueza es perversamente golosa). Comprende, porque, es evidente, ha vivido la zona. Sin duda, radiografiado con precisión. Quienes vengan de este sitio, o de un ambiente similar, o siquiera la hayan conocido (servidor, casualmente, pisó algunos de los espacios de la novela), verán que el dibujo (escenario y caracteres) es fiel. La lengua también es afinada: las monjas tienen “caras de piedra” y los efectos de la aluminosis resultan en una “selva de hierro”.

Todo ello, sin embargo, no es más que la pared de la burbuja y un poco de púrpura. Debemos abordar la acción, y en esto secundarios falla. De hecho, prácticamente no hay actividad. Los pasos son demasiado cortos. O más bien, insignificantes. El personaje neurálgico es Sergi, un chico en la veintena con las aspiraciones cayendo en picado. Se verá situado en un punto ambiguo en el que intervienen un muerto y una pila de billetes. La historia del Sergi, pero, lo más suculento de secundarios, No ocupa las páginas que habría que dada la fragmentación -excessiva- de la novela. Incluso, la autora, en un momento dado, tiene que recordar al lector que es lo que ha hecho anteriormente el protagonista. Un recordatorio torpe.

El rasgo tampoco es preciso en la forma. El estilo resulta en una lectura costosa. Leer es un reto, escalar, pero se necesitan, de vez en cuando, campos base, treguas. Cadenas es dura y no da. La voz narradora cambia continuamente. Como también cambia el receptor. Estilísticamente, estos cambios son repentinos. Uno puede acostumbrarse, sí, pero la elección no dejar de minar la lectura. El tiempo de narración, además, es inverso: de presente a pasado. Una escritura espasmódica aún lo complica todo. Qué manía con los experimentos, cuando, de hecho, secundarios ya viene aquí, del laboratorio de Comanegra. Todo hace, en definitiva, olor de encargo y nuevas prácticas fallidas.

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